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BULLYING, UN ASESINATO SOCIAL

 Antes de seguir hablando de la tercera edad me gustaría usar este pequeño espacio para dar voz a una problemática que lleva atormentado a la educación y a la sociedad años y años y que ha demostrado no cesar con el paso del tiempo.

Este 2025 ha sido un año terrible para tantas y tantas víctimas, así que quiero utilizar mi voz para dejar aquí esta pequeña reflexión y seamos capaces de entender la profundidad y la gravedad que tiene el acoso.

Yo no quise ser fuerte, yo solo quise ser una niña. 

Recuerdo la ilusión que tenía cuando era pequeña de ir a clase, lo bien que me lo pasaba con mis amigos y la inocencia que brillaba en mis ojos; pura, mágica, buena. También recuerdo las primeras bromas, inocentes decían, sin importancia. Recuerdo la primera vez que me sentí diferente, la primera vez que me miré al espejo y lloré. La primera vez que lloré por mi aspecto. Tenía 9 años. Recuerdo la primera vez que ya no me hacía tanta ilusión ir a clase, como poco a poco algo se iba apagando dentro de mí. Recuerdo como me dijeron que ya no era una niña tan alegre cuando, sencillamente, yo ya no sabía quién era. Yo era aquella niña que mis acosadores querían que fuera. La débil, el hazmerreír, la de los motes, pero ¿yo? Yo no estaba segura de nada. Recuerdo la primera zancadilla, el primer empujón y la primera paliza en el baño del colegio. Tenía 10 años. Para este momento ya había aprendido lo que era la maldad. Aprendí a mentir a mis padres, a esconderme en los patios y a estar calladita para “no provocar a mis acosadores y evitar los conflictos” como me decían mis profesores. Recuerdo la primera vez que sentí ansiedad, lo extraña que me sentía en multitudes y el pánico que me daba entrar en el instituto. Recuerdo cómo fue que me diesen un móvil. Todos los insultos que llegaban a casa y el miedo que me daba que mis padres lo viesen. Recuerdo la primera vez que me dijeron que era muy fuerte, lo madura que era para esa edad por haber vivido lo que estaba viviendo y la primera vez que planté cara. También recordaré siempre como a las 3 horas de pedir ayuda me tiraron por las escaleras y me rompieron el tobillo. Tenía 12 años. 4 años de acoso. 4 años cuestionando día a día qué es lo que estaba mal en mí, aunque nunca fueron solo 4 años. 12 años de lucha contra trastornos alimenticios y toda una vida encerrando miedos e inseguridades bajo una coraza por miedo a volver a pasar por algo similar. Una vida entera condicionada por algo que empezó por “una broma sin importancia”.

“Bullying”, el elefante dentro del salón en la educación. El causante de tantas desgracias que no da señal de alerta. El tabú que hace que nos llevemos las manos a la cabeza cuando termina en la peor de las conclusiones y no antes. 

Dejar que estas cosas pasen bajo la justificación de “esto ha pasado siempre” o “son cosas de chavales” no es más que la perpetuación de un asesinato social que se lleva vidas, porque aquellas personas que se suicidan no se han quitado la vida, les han matado de una forma cruel, grotesca y violenta. Sandra, Alejandro, Lucía, Álvaro, María, y un sinfín de nombres que podrían seguir esta lista no han sido suicidios, han sido asesinatos sociales y está en nuestra mano que sus vidas no queden en el olvido. Son solo las peores consecuencias de un sistema que está roto y que tiene mucho que cambiar para sanar todas las heridas que deja a su paso.

Yo soy una superviviente. No soy ni más ni menos que aquellas víctimas que por desgracia no tenían fuerzas para seguir. Ellas no han perdido nada y yo no he ganado nada. Aquí todos pasamos por un túnel que muchas veces parece no tener final y que se llena de eslóganes en pro del optimismo superficial o de la propaganda motivacional más banal posible decorando verdades que tienen un trasfondo triste detrás. Nos volvemos fuertes obligados, maduramos por tortura y crecemos entendiendo que hay algo malo en nosotros.

Ojalá algún día seamos tantos luchando contra el monstruo que este quiera esconderse. 

Ojalá las personas sean solo personas y ojalá la fuerza nazca del crecimiento natural y no del trauma porque yo, como tantos otros, no quise ser fuerte, yo solo quise ser una niña. 









 

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